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martes, 14 de febrero de 2017

...ocho paradas (versión 2.0)

El tercer metro que dejaba pasar, me hizo bailar los mechones fugitivos del peinado. Por suerte en el bolsillo tenía una horquilla que me solucionó el problema. Intenté seguir escribiendo, forzando la distracción. No quería subir, no estaba preparada, pero no podía llegar tarde al trabajo. Esperé un minuto y medio más y me atreví a entrar. 

Cada día intentaba retrasar el momento de apagar la alarma de mi despertador, pero en mi interior había algo que me lo impedía. Debía llegar a tiempo, así que me levantaba, me duchaba, calentaba algo de leche y me secaba el pelo. A las 8.31am salía por la puerta y si no era así, de camino al metro andaba más rápido de lo normal, recuperando los minutos perdidos. Me subía, siempre en el último vagón, y esperaba nerviosa. Solo dos paradas y siempre entraba él. Su fragancia con un toque de pimienta se extendía rápidamente y en pocos segundos llegaba mi estornudo, su mirada y su sonrisa.

Fueron dos trimestres de miradas cruzadas, sin palabras, bajando en la misma parada y acompañándome, por simple casualidad y a un par de metros de distancia, a mi trabajo. Luego él se alejaba y yo no tenía manera de saber hacia dónde. 

Después de Semana Santa, en el intercambiador de La Pau, me encontré a un amigo mío y resultó que se conocían también. Por fin se dieron las primeras palabras y, a partir de entonces, no solo nos vimos por las mañanas.

Fue pasando el tiempo, y pensaba que el nuevo marinerito se estaba haciendo un hueco en mi pequeño buque que tantos golpes había sufrido anteriormente. Pensaba que él iba a saber navegarlo. Pero aún puedo sentir el estruendo cuando chocamos. Aunque todavía no sé contra qué, no había nada en el horizonte, solo un mar en calma. Supongo que no resultó ser tan buen marinero. 

Dos años después, un lunes, después de una semana sin habernos podido ver, a penas a unos días de comenzar las vacaciones de verano, cuando él subió en el Clot, mi sonrisa y mis ganas de verlo desaparecieron tras sus palabras. Ocho paradas escuchando pensamientos inconexos que surgían de su boca. Ocho paradas intentando aguantar las lágrimas que se asomaban por mis ojos, sin poder salir de ahí porque no podía llegar tarde al trabajo. Mi barco se hundía, no estaba resistiendo el último golpe, aunque por suerte estaba bien equipado y encontré la solución para no ahogarme.

Y ahí estaba yo, habiendo dejado pasar tres metros antes de decidirme a coger las suficientes fuerzas para sobrellevar el volver a recordar, pensando que así no coincidiría con él. Pero solo dos paradas y mi mano dejó de escribir. Solo dos paradas y, ¡achís!, él volvió a entrar. 

martes, 31 de enero de 2017

...un instante

Había dejado a propósito la persiana a medio bajar para que la luz le diera directamente en los ojos. No era un buen día para dormir hasta la hora de comer, pero no quería levantarse y hacer frente a la verdadera razón por la que estaba en casa. Estiró la mano hacia el primer cajón de la mesita de noche y de ahí sacó una camiseta que se puso a modo de antifaz. Justo cuando estaba a punto de dormirse otra vez, su madre y su hermana, menos perezosas, más realistas, entraron sigilosas.

- Tu hermano nos ha pedido que te grabemos el anillo, ¿dónde lo tienes? A ver si nos da tiempo a hacerlo hoy. Tú como si no supieras nada.

Desde hacía unos días, ella había decidido heredar ese anillo. Aunque le venía enorme, no se lo había quitado en ningún momento, pero se lo dio enseguida y se decidió definitivamente a aprovechar todos los momentos que pudiese, todas las conversaciones sin sentido y las compañías silenciosas mientras él dormía. 

Por la tarde, de repente, él entró en su habitación:

- ¿Y tú qué, te regalo algo y ya lo has perdido? -le preguntaba tras un rostro pálido, consumido, con una mirada un tanto perdida pero con una sonrisa enrome. 

- No, me lo quité para no perderlo - le respondió ella pensando que quizás tendría que haber contestado como si no supiera de qué le hablaba. Aunque en realidad eso no tenía importancia, al menos él no pareció darse cuenta.

En seguida le dio el anillo y ella leyó para sí misma el grabado mientras él hablaba.

- Es verdad, siempre lo he estado.

Ella solo podía pensar que, dentro de ese mundo surrealista, confuso y predecible que estaban viviendo, se podía encontrar algún recuerdo que conservar. No supo qué decirle como respuesta más que un abrazo real que, esta vez sí, sería el último. 


miércoles, 16 de octubre de 2013

...tedm

‒No me lo quito de la cabeza. Todos los días está ahí. Cuando no tengo en qué pensar, aparece.

‒Pero es normal, piensa que apenas han pasado dos años.

‒Sí, lo sé, pero pensaba que, igual con el paso del tiempo, los pensamientos iban siendo menos frecuentes e intensos. Pero en esta época es cuando empezó todo y…

‒Y se hace más presente –su amiga le terminó la frase.

‒Exacto. No sé, tengo una sensación extraña, como si no lo estuviese haciendo del todo bien. Me da la sensación de que podría pensar que me he olvidado de él –y, haciendo una pausa, intentando no llorar, prosiguió–: ¿sabes?, no le he ido a ver ningún día.

‒Venga va, no te puedes sentir culpable por eso. Tú misma me estás diciendo que no paras de pensar. Además, vives en otra ciudad. ¿Qué vas a decirle allí que no puedas decirle ahora o mientras paseas o… en cualquier momento?

‒Sí, supongo que tienes razón. La verdad es que esto mismo me lo repito cada día. Sé que es una chorrada, un sentimiento absurdo.

‒Pero lo tienes ahí, y te tienes que quitar esa sensación de culpabilidad. Mira, cuando vengas a casa hacemos una escapada, te acompaño a que hables un rato con él y le dejamos unas flores. ¿Hecho?

martes, 12 de marzo de 2013

...papelitos rosas


Comprobé que en el bolsillo tenía los papelitos rosas que me había traído de casa y en la hora del patio me armé de valor. Bueno, mi amiga fue la que me convenció para que lo hiciéramos y, lógicamente, yo no iba a ser menos porque era yo quien de verdad sentía algo por ese compañero.
      Y es que, a quién no le podía gustar un niño rubito con ojos azules, sonriente… aunque creo que lo que realmente me interesó de él, durante toda la escolaridad, fue su posible lado salvaje oculto bajo el arañazo que su gato le había dejado impreso en su mejilla.
      Pues bien, cogimos un par de lápices, rellenamos una a una las veinte o treinta tarjetas con pequeños corazones y nuestras iniciales y, cuando creímos que no nos miraba nadie, las lanzamos dentro de su mochila. Las dos nos reímos un buen rato. Bueno, mentira, yo menos, que en el fondo estaba nerviosa por saber la respuesta, aunque no la que obtuve al día siguiente:
      —¡Que sepas que he tirado todos los papeles a la basura! —gritó para que todos los demás lo escucharan.
      —Pues me da igual, era de broma —dije en seguida para intentar defenderme.
      Más tarde, mientras jugábamos al escondite, él se puso detrás de la misma columna que yo, chocando contra mí, y, antes de que le devolviera el empujón, me dio un fugaz besito en la mejilla, se fue y, al irse sin mirar, le cogió el que pagaba.
      —Ha tirado tus papeles y encima quería quitarte el sitio. Es un poco tonto, ¿quieres que le diga algo? Porque como no ha tirado mis papeles igual a mí me hace caso —me dijo mi amiga en tono triunfante.
      —No hace falta, ya le he dado un empujón para que lo pillaran —dije sin quitarle la ilusión pero dándole a entender que no hacía falta que nadie me defendiera. A ver, que la que en realidad se había llevado el premio era yo, aunque fuera con su ayuda.
Es posible que me inventara una realidad que no había pasado o que pasara en realidad, pero me lo guardé siempre como mi primera conquista. Eso sí, él nunca lo afirmará y yo negaré haberlo contado. 

viernes, 1 de marzo de 2013

..clic, clic, clic


Clic, clic, clic. De la calculadora están a punto de saltar los números.  Apenas queda ya rodillo en el que escribir cuentas, pero aún no ha acabado. Se acerca la hora de cerrar el asunto, de dejarlo hasta mañana y quiere darse prisa. Una pequeñaja le mira sentada desde el otro lado del escritorio, sonriéndole, aguardando por lo que tiene que suceder esta tarde de verano. Para que la espera sea menos espera, él le ofrece un entretenimiento. Clic, clic, clic. Ella le imita en su trabajo.
Por fin, tres cuartos de hora más tarde puede cerrar la última carpeta. Le da la mano a la niña y se van los dos cogidos a la calle. Allí, ella se lanza hacia la bicicleta que hoy ya sólo tiene dos ruedas.
     —No me sueltes, ¿eh? —y comienza a pedalear mientras él agarra la bicicleta por detrás.
        —No te suelto —le contesta.
Ella, que oye desde lo lejos su respuesta, se para en seco, dándose cuenta de que, si ya no está agarrándole, se va a caer.
      —¡Me has mentido! —dice con pequeño enfado, sin pensar lo que acaba de suceder, y él sonríe porque su promesa se ha cumplido. 

sábado, 16 de febrero de 2013

...piedra, papel, tijeras


      Esa noche dormíamos en casa de la abuela y estábamos obligados a cenar en silencio en la estrecha terraza. Alrededor de la pequeña mesa de madera estaban las tres sillas de plástico que siempre nos sorteábamos. Solo uno sería el ganador. Solo uno no se sentaría al lado de las persianas mallorquinas que daban a la habitación de invitados. Y, como de costumbre, no era yo.
   Una única luz desnuda, que colgaba de un viejo cable, medio iluminaba la estantería que había por encima de nuestras cabezas. Y ahí, sobre las cuarteadas tablas, estaba él. El regalo de mi tío nos miraba con unos ojos prácticamente fuera de sus órbitas. Las sombras se balanceaban en su rostro. Las líneas rojas, que marcaban una boca desproporcionada, parecían de tanto en tanto separase y sonreírnos de forma malvada. Nos parecía enorme y feo, feo como solo un muñeco de feria podía ser.
   A cada mirada nuestra, también por turnos, parecía estar más dispuesto a saltarnos encima. No aguantaría mucho esa posición y nosotros tampoco ese nudo que nos impedía acabarnos la cena. Tomamos una decisión drástica. Esa vez nada de piedra, papel o tijeras, era el momento de actuar juntos. Uno aguantó la silla mientras el más alto se subió para darle alcance. El tercero aguardó debajo para cogerlo al vuelo. Con el pulso acelerado pusimos el muñeco, que continuaba riéndose de nosotros, sobre la mesa y acabamos con él antes de que él acabara con nosotros. Lo sacrificamos por el bien común. Un miedo menos. 

martes, 3 de abril de 2012

...JoTMB

Como el año pasado, he participado en el concurso de relatos de la TMB. Por un lado, he vuelto a enviar el relato Ocho paradas (que podéis leer en este mismo blog); y por otro, he participado en la categoría El teu Sant Jordi. 
Este es mi nuevo relato, espero que os guste! De momento de 11 lectores, 3 me han dado su visto bueno. Estoy contenta.
Si queréis entrar en la web, este es el enlace: http://relatscurts.tmb.cat/ca/relat/stjordi/384
Pero si os da pereza eso, porque ya habéis entrado aquí... pues también os lo dejo! Ahí va:


La leyenda de la línea roja



Cuentan que el 23 de Abril de 1924, finalizando las obras de la nueva línea de metro, pasó algo difícil de olvidar.

Los obreros, cansados del duro trabajo, reposaban en el tramo entre Urgell y Casanova. Jordi y Antoni, dos jóvenes amigos desde la infancia, hablaban de lo que harían en el futuro. Antoni quería viajar, se imaginaba subiendo a un barco y recorriendo el Mediterráneo. Esa idea también hacía a Jordi despertar su instinto aventurero, pero ahora solo podía pensar en Eulalia, hija de un viejo compañero y a la que veía a la hora del almuerzo, pues ella, desde que murió su madre, se dedicaba a traer el agua y demás a su padre. Jordi quería aventuras, pero con ella a su lado. Y tenía el presentimiento de que ella también, pues siempre buscaba su mirada y le ofrecía una tímida sonrisa.

De repente, el suelo comenzó a temblar. Todos se miraron sorprendidos y, exaltados, comenzaron a correr de un lado para otro, empujándose entre ellos. El techo caía a causa del temblor y la salida quedó bloqueada tras grandes bloques de piedra. Dentro quedaron doce obreros y una dama. Ante la imposibilidad de mover las piedras, decidieron adentrarse en el túnel, con un poco de suerte, encontrarían otra salida. Una absoluta oscuridad los rodeó. Todos se juntaron lo más que pudieron y en medio de este abrazo lleno de temor, dos cuerpos se encontraron. Jordi cogió con fuerza la mano de Eulalia y le susurró que no tuviera miedo.

Comenzaron a notar un hedor insoportable y con este oyeron unos grandes rugidos acompasados seguidos de dos grandes destellos de luz que se acercaban con velocidad. El suelo comenzó a agitarse otra vez. Cuanto más gritaban ellos más rugía lo que fuera que había allí.

Un gran reptil rojo se abrió paso en la oscuridad y los miró desafiante. Algunos obreros comenzaron a correr, otros intentaban defenderse de los ataques del dragón, pero era muy fuerte. Sin gran esfuerzo fue comiéndose a unos e hiriendo a otros.

Jordi dejó a Eulalia tras un pequeño escondite en la pared y rápido fue a socorrer a su gran amigo, pues había recibido un profundo arañazo en el estómago. Antoni solo tuvo fuerzas para intentar señalar al dragón que se disponía a atacar de nuevo contra ellos. Eulalia no pudo quedarse mirando. Salió de su escondrijo, corrió lo más rápido que pudo y empujó a su amado. El aliento y los colmillos del animal atravesaron sin piedad el alma de la joven.

El repugnante ser dio media vuelta, con el cuerpo aún con vida en la boca, y comenzó a caminar despacio hacia lo oscuro. Jordi estaba fuera de sí. Una viga metálica apareció ante él, la cogió sin pensárselo y, como un caballero con su espada, se dirigió sin temor hacia el dragón.

Se subió a él por la cola y sin escrúpulos le clavó el metal. El lagarto se quejó y comenzó a correr, zarandeando su cuerpo de un lado a otro, intentando que el intruso que le dañaba cayera. Jordi se agarró con fuerza a las enormes espinas que tenía en el lomo y, en cuanto pudo, le clavó otra vez su arma. Esta vez se desplomó en el suelo. El guerrero bajó y le propinó un último golpe directo en el corazón. Se dirigió hacia su amada y le susurró de nuevo que no tuviera miedo. Eulalia le ofreció una última sonrisa y la oscuridad se apoderó de ella. La cogió en brazos y sacó al cuerpo sin vida del agujero.

En memoria, la línea de metro recibió el color rojo y, donde el dragón fue vencido, Jordi nombró a la estación "Santa Eulalia", ya que sin la valentía de ella, él no habría podido hacer nada.

lunes, 14 de noviembre de 2011

...motivación interior

Este es un fragmento mejorado de algo que escribí hace nada menos que siete años!! Cómo pasa el tiempo...

         "Por fin, después de sesenta minutos dando vueltas por la habitación, pensado si bajar o no, de mirarse al espejo e intentar darse fuerzas para hacerlo, decidió con un impulso repentino colocarse bien el flequillo, arreglarse la línea negra en el párpado y salir de la maldita habitación que tantas tardes le tenía encerrada.
Una vez fuera respiró hondo un par de veces y giró hacia su derecha. Dejó atrás su habitación y otras tres más, entrando en la siguiente. Su amiga, que había vuelto a casa el fin semana, le había dejado las llaves para que pudiese coger lo que necesitara de la pequeña nevera que compartían. Y en ese momento, bien necesitaba lo que había allí dentro. Abrió el frigorífico, destapó la botella, bebió directamente un par de tragos y llenó un vaso para el camino. Después de un suspiro y otro trago creyó tener más fuerzas.
Dejó la habitación y giró su cuerpo a la izquierda. Cuando pasó otra vez por enfrente de sus aposentos, sintió un fuerte impulso a entrar, pero pudo redirigir sus intenciones y caminó hacia las escaleras no principales.
Bajó cuatro pisos, vaciando el vaso en cada uno de ellos y sobresaltándose cada vez que se encontraba a compañeros que circulaban por su mismo camino. Con grandes esfuerzos consiguió llegar donde las escaleras morían. Saludó a las máquinas de refrescos y comida, que poco habían ganado con sus aportaciones durante los tres años que llevaba viviendo allí, y paró en los lavabos para comprobar si todo iba bien en su rostro.
Llegó al salón, donde la gente seguía brindando por el fin de los exámenes, donde todos estaban en grupos indefinidos hablando y riendo, pero allí no estaba la persona que estaba buscando, así que solo le queda mirar en un lugar, el bar. Se llevó el vaso a la boca, con la sorpresa de que ya no le quedaba nada, y se adentró en él, directa a la barra para pedir más combustible, mirando fugazmente a través de las caras, buscando a una en particular. Pero no esta vez tampoco encontró nada.
Pensó que su búsqueda había sido muy rápida y aprovechó el poco rato que tardaron en atenderle y servirle para intentar relajarse un poco, saludar a algunas personas, quienes se sorprendieron en verla allí, y siguió buscando a su deseada victoria para ese día. Él tenía que estar en algún lado, ese fin de semana no se había marchado. Llevaban ya un tiempo tonteando y hoy aún no se habían visto. Nada, por ahí parecía no aparecer.
Absorbió su copa, y pidió otra más para el camino de vuelta al cuarto piso. Salió del bar, estudió a la gente de la sala y se marchó parando en los lavabos para que nadie viera que de sus ojos había un par de gotas de agua salada que pretendían escapar. Escondida, esas gotas salieron al exterior sin censura, dibujando una estela en su rostro, estropeando el maquillaje que tanto había estado preparado.
Era una tontería sentirse así, y ella lo sabía a la perfección. Más que defraudada se sentía tonta, estúpida por haber hecho todo el ritual anterior, por haber necesitado valor exterior. Simplemente, pensó, lo que debía hacer era lo que deseaba en cada momento. Porque él no estuviera allí, no se tenía que dar por vencida, eso no era lo que quería.
Interrumpió la sesión melodramática, hizo desaparecer el recorrido de las aguas, se miró en el espejo para, por segunda vez, comprobar su expresión y forzó una sonrisa para mejorarla. Más animada, y con el objetivo bien fijado, puso rumbo a su habitación, la de él.
         En el descansillo del segundo piso, topó de frente con una camisa granate y unos pantalones tejanos que bajaban a gran velocidad de algún piso superior. ¡Te encontré!, pensó ella. Te encontré, quiso decir él, pero sus labios estaban sellados, solo se movían al ritmo que marcaba su sello, los labios de ella.  

sábado, 9 de julio de 2011

...¡Ñam!

Hace ya muucho años que escribí este pequeño relato. Si no apunté mal la fecha es su momento es del 5 de Noviembre de 2006. 
Cada vez que lo leo revivo ese momento, fue muy divertido.
Como siempre: espero que os guste!


"Mis ojos se percatan de que algo extraño hay muy a mi vera. Lentamente, desvían su mirada del ordenador, muy lentamente... Intento obligarlos a que sigan atentos a las cartas del solitario al que juego en todos mis momentos de aburrimiento y a la conversación que tengo con un amigo. Continúo intentándolo, pero al final, después de escribir todas estas líneas y de que mi cerebro mande, contra mi voluntad, una orden a mis manos de que finalicen ese tecleo de letras incesante y casi imparable, lentamente, muy lentamente, sin poder remediarlo, mis dos judas consiguen llegar a su objetivo. Recibo la imagen y me quedo totalmente paralizada, pensando que quizás si intento visualizar otra en mi mente, como por ejemplo el horizonte desde una bonita playa, mis ojos olvidarán todo cuanto han visto. Pero eso no sucede, la bonita playa que intento imaginarme se va transformando en algo de color negro, la forma empieza a ser cúbica, y rápida, muy rápidamente observo al final que, lo que yace a mi derecha, es una caja. El objetivo era claro, las galletas. LA galleta. Ahí está. Sola. En la caja. Sus trocitos de chocolate, sus trocitos de almendra, toda ella, redondita como solo ella sabe ser, está gritando silenciosa. “¡¡Cógeme, píllame y cómeme!!”
Hago un último esfuerzo esperando que mis manos, que dejaron en su momento de teclear, pulsen ahora un par de letras más y hagan que la cámara web se conecte. Cuando esta lo hace, lo único que diviso es la barbilla y el torso cubierto de mi amigo. Ahora, viendo ya su rostro, me dispongo a hablar por el micrófono y mostrarle cómo se disfruta realmente de la última galleta del paquete. ¡Ñam!, bocado tras bocado hago que deseara, cada segundo que pasa y cada pizca de masa que se deshace en mi boca, estar en mi lugar.
Cuando todo llega a su fin, sorprendida y casi fallecida después del mayor placer sentido jamás, después de haber esperado al momento adecuado para dar rienda suelta a su ansiedad, la realidad vuelve a cambiar. No podía creérmelo. Ahora, a pesar de haber sobrevivido a esto, lo que me esperaba iba a ser aún mejor. En la caja, esperadamente vacía, ocurría algo muy extraño: Había otra galleta."

miércoles, 30 de marzo de 2011

...letra a letra

Estoy en fase de letras. Sigo escribiendo para el concurso de la TMB. Cada día escogen un finalista, y el día que publiqué yo, no me escogieron a mí... A ver si mañana tengo más suerte con otro que he enviado.


Buscadlo aquí: http://relatscurts.tmb.cat/ca/relat/lliure/1453

Las ansias de compartirlo me han superado. No es nada del otro mundo, siempre mezclando recuerdos, pero igualmente...¡¡¡ espero que os guste!!!

Se titula "Una visión pequeñaja". 


Aunque ellos ya tenían el despertador interiorizado, que les hacía levantarse cada día a las 7am, incluso en vacaciones, para los pequeñajos aún les era un esfuerzo enorme despegarse de las sábanas.
- Venga, despertad que nos vamos al zoo.
En oír esas palabras, se les escapó la pereza y se levantaron de golpe. Empezaron a imaginar todo tipo de animales que querían ver. Eso y a rugir como locos.
Salieron del hotel y cruzaron la inmensa calle para entrar en la boca del metro de M.Cristina. Cada uno con una de las criaturas de la mano. El fuerte viento que salía de ahí hizo levantar la faldilla de la pequeña, con lo que cambió sus rugidos por un chillido de susto. Su hermano girándose para mirarla, tropezó con su propio pie y pisó a un señor que quería, a toda prisa, salir al exterior. Había gente por todos lados.
- No os separéis y no os soltéis de la mano, hay que ponerse a la derecha - indicó la mamá.
- Vale - pensó la chiquilla, esquivando a todos los que no la veían - mm... por el lado de la mano con la que escribo.
Pasaron por los controles. Entraron los cuatro bien apretados, pasando el ticket un par de veces. Y unos pasos más tarde, se pusieron detrás de una pequeña cola de gente. ¡Qué cara de asombro pusieron los dos cuando llegaron al final! Una sonrisa de lado a lado. Sabían que ahí lo iban a encontrar, pero no sabían cuándo. Donde vivían, no había escaleras automáticas.
- ¡Yo sola, yo sola!... Una, dos y ¡tres! - y de un saltito se subieron a la escalera.
- ¿Podemos volver a subir? - se hubiesen quedado toda la tarde ahí, subiendo las que bajan, bajando las que subían.
- Luego encontraremos más. Va, que el metro se escapa.
A toda prisa, saltaron hacia dentro, justo antes de que sonara el pitido que anuncia el cierre de puertas. La hija estaba alucinando, no sabía ni cómo habían logrado llegar. No podía dejar de mirar a toda esa cantidad de gente, apretada, pero incluso así, junto con su hermano, intentaban fijarse en todos los detalles.
-¿Qué es eso?
- Eso es por si las puertas no funcionan, poderlas abrir.
- ¿Y eso?
- Eso nos señala las paradas que hace el metro. Mira, nosotros estamos aquí, así que tenemos que ir hasta esta que pone "Passeig de Gràcia"
- ¿Y eso, para qué sirve?
- Es un cartel que dice cuántas personas caben.
- ¿Y cuántas pone? ¡Aquí al menos hay mil!
Después de una infinidad de preguntas, de unos cuantos vaivenes y de agarrarse fuerte a las sujeciones, el padre anunció que se tenían que bajar.
-¡Bien, ya hemos llegado!
Le explicaron que no era así, que aún quedaba un rato. Comenzaron a caminar por un túnel que le pareció inacabable con mucha más gente, y todas las personas iban de prisa. Al final del pasillo había varios más. La niña pensó que cómo sabrían ahora por dónde ir y que todo aquello era muy difícil.
- Por aquí - anunció el padre. Y sin dificultad llegaron al andén.
- ¡Qué listo que es papá! Me creía que nos íbamos a perder... - le dijo emocionada a su hermano, fuera del metro.
- Sí, era todo como un laberinto - le contestó sorprendido.
Se pusieron en la cola de la entrada del zoo y los dos se miraron con asombro.
- Papá, ¿aquí también hay escaleras mecánicas?




martes, 22 de marzo de 2011

...TMB

Hoy he participado en un concurso de relatos. He esperado 365 días para poderlo enviar, ya que el año pasado se me pasó el plazo. 
Si queréis leerlo (porfi), sólo tenéis que seguir leyendo y disfrutar!


Espero vuestros comentarios!


Ocho paradas

Mientras esperaba sola, mientras el viento, producido por el tercer metro que dejaba pasar, me hacía bailar los mechones fugitivos de mi simple peinado, recordé lo necesario que había sido para mí recorrer cada mañana la misma línea y el dolor que ahora me suponía.
Por qué los recuerdos me avasallaban otra vez… no lo sé. Creía que mi corazón estaba cicatrizando. Quizás anhelaba estar enamorada o simplemente porque el cielo estaba triste y yo no podía permitir que mi gran aliado en esas noches de soledad  ahora llorase solo, porque cuando más lo hube necesitado, estuvo a mi lado.
Escribiré, pensé. Escribiré mientras vuelvo a recorrer esas ocho paradas, después de un verano intentando olvidar. Escribiré lo sucedido, probablemente mi tristeza sea menos tristeza si la comparto.
Cada día intentaba retrasar el momento de apagar la alarma de mi despertador, pero en mi interior había algo que me lo impedía, ¡debía llegar a tiempo! Me levantaba. Me metía en la ducha y, en diez minutos, lista. Calentaba algo de leche, un desayuno rápido. Me secaba el pelo y salía por la puerta. Hora: 8.31am. A veces, con las prisas, se me olvidaba algo importante y tenía que volver a entrar. Cuando sucedía eso, salía un poco más rápido de lo normal, para poder recuperar esos minutos perdidos. Ticaba en el metro e iba hacia mi línea. Si llegaba a la vez que el metro, era buena señal. Me subía y, siempre en el último vagón, esperaba nerviosa. Solo dos paradas y siempre entraba él.
Dos trimestres de miradas cruzadas, sin palabras, sin saber a dónde iba después de bajar en la misma parada y acompañarme, por simple casualidad, a mi trabajo. Él se alejaba y yo no tenía manera de saber hacia dónde.  Después de Semana Santa, en el intercambiador de La Pau, me encontré a un amigo mío y resultó que se conocían también. Por fin, surgieron las primeras palabras. A partir de entonces no solo nos vimos por las mañanas.
Dos meses geniales: risas, preguntas, charlas hasta las tres de la mañana, vueltas en su coche, fiestas con sus amigos, con los míos, propuestas de viajar juntos… Todo era perfecto. Pensaba que un nuevo marinerito se estaba haciendo un hueco en mi pequeño buque que tantos golpes había sufrido anteriormente. Pensaba que él iba a saber navegarlo.
Aún puedo sentir el estruendo cuando chocamos. Y aún no sé contra qué, no había nada en el horizonte, solo un mar en calma. Supongo que no resultó ser tan buen marinero.
Un lunes, después de una semana sin habernos podido ver, cuando él subió en el Clot, mi sonrisa y mis ganas de verlo desaparecieron tras sus palabras. Me dijo que ya no sentía nada por mí. Ocho paradas escuchando pensamientos inconexos que surgían de su boca, intentando aguantar las lágrimas que se asomaban por mis ojos, sin poder salir de ahí porque no podía llegar tarde al trabajo. Mi barco se hundía, no estaba resistiendo el último golpe, pero por suerte estaba bien equipado y encontré la solución para no ahogarme.
Y ahí estaba yo, habiendo dejado pasar tres metros antes de decidirme a coger las suficientes fuerzas para sobrellevar el volver a recordar, pensando que así no coincidiría con él. Pero solo dos paradas y mi mano dejó de escribir. Solo dos paradas, y él volvió a entrar.