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martes, 3 de abril de 2012

...JoTMB

Como el año pasado, he participado en el concurso de relatos de la TMB. Por un lado, he vuelto a enviar el relato Ocho paradas (que podéis leer en este mismo blog); y por otro, he participado en la categoría El teu Sant Jordi. 
Este es mi nuevo relato, espero que os guste! De momento de 11 lectores, 3 me han dado su visto bueno. Estoy contenta.
Si queréis entrar en la web, este es el enlace: http://relatscurts.tmb.cat/ca/relat/stjordi/384
Pero si os da pereza eso, porque ya habéis entrado aquí... pues también os lo dejo! Ahí va:


La leyenda de la línea roja



Cuentan que el 23 de Abril de 1924, finalizando las obras de la nueva línea de metro, pasó algo difícil de olvidar.

Los obreros, cansados del duro trabajo, reposaban en el tramo entre Urgell y Casanova. Jordi y Antoni, dos jóvenes amigos desde la infancia, hablaban de lo que harían en el futuro. Antoni quería viajar, se imaginaba subiendo a un barco y recorriendo el Mediterráneo. Esa idea también hacía a Jordi despertar su instinto aventurero, pero ahora solo podía pensar en Eulalia, hija de un viejo compañero y a la que veía a la hora del almuerzo, pues ella, desde que murió su madre, se dedicaba a traer el agua y demás a su padre. Jordi quería aventuras, pero con ella a su lado. Y tenía el presentimiento de que ella también, pues siempre buscaba su mirada y le ofrecía una tímida sonrisa.

De repente, el suelo comenzó a temblar. Todos se miraron sorprendidos y, exaltados, comenzaron a correr de un lado para otro, empujándose entre ellos. El techo caía a causa del temblor y la salida quedó bloqueada tras grandes bloques de piedra. Dentro quedaron doce obreros y una dama. Ante la imposibilidad de mover las piedras, decidieron adentrarse en el túnel, con un poco de suerte, encontrarían otra salida. Una absoluta oscuridad los rodeó. Todos se juntaron lo más que pudieron y en medio de este abrazo lleno de temor, dos cuerpos se encontraron. Jordi cogió con fuerza la mano de Eulalia y le susurró que no tuviera miedo.

Comenzaron a notar un hedor insoportable y con este oyeron unos grandes rugidos acompasados seguidos de dos grandes destellos de luz que se acercaban con velocidad. El suelo comenzó a agitarse otra vez. Cuanto más gritaban ellos más rugía lo que fuera que había allí.

Un gran reptil rojo se abrió paso en la oscuridad y los miró desafiante. Algunos obreros comenzaron a correr, otros intentaban defenderse de los ataques del dragón, pero era muy fuerte. Sin gran esfuerzo fue comiéndose a unos e hiriendo a otros.

Jordi dejó a Eulalia tras un pequeño escondite en la pared y rápido fue a socorrer a su gran amigo, pues había recibido un profundo arañazo en el estómago. Antoni solo tuvo fuerzas para intentar señalar al dragón que se disponía a atacar de nuevo contra ellos. Eulalia no pudo quedarse mirando. Salió de su escondrijo, corrió lo más rápido que pudo y empujó a su amado. El aliento y los colmillos del animal atravesaron sin piedad el alma de la joven.

El repugnante ser dio media vuelta, con el cuerpo aún con vida en la boca, y comenzó a caminar despacio hacia lo oscuro. Jordi estaba fuera de sí. Una viga metálica apareció ante él, la cogió sin pensárselo y, como un caballero con su espada, se dirigió sin temor hacia el dragón.

Se subió a él por la cola y sin escrúpulos le clavó el metal. El lagarto se quejó y comenzó a correr, zarandeando su cuerpo de un lado a otro, intentando que el intruso que le dañaba cayera. Jordi se agarró con fuerza a las enormes espinas que tenía en el lomo y, en cuanto pudo, le clavó otra vez su arma. Esta vez se desplomó en el suelo. El guerrero bajó y le propinó un último golpe directo en el corazón. Se dirigió hacia su amada y le susurró de nuevo que no tuviera miedo. Eulalia le ofreció una última sonrisa y la oscuridad se apoderó de ella. La cogió en brazos y sacó al cuerpo sin vida del agujero.

En memoria, la línea de metro recibió el color rojo y, donde el dragón fue vencido, Jordi nombró a la estación "Santa Eulalia", ya que sin la valentía de ella, él no habría podido hacer nada.

miércoles, 30 de marzo de 2011

...letra a letra

Estoy en fase de letras. Sigo escribiendo para el concurso de la TMB. Cada día escogen un finalista, y el día que publiqué yo, no me escogieron a mí... A ver si mañana tengo más suerte con otro que he enviado.


Buscadlo aquí: http://relatscurts.tmb.cat/ca/relat/lliure/1453

Las ansias de compartirlo me han superado. No es nada del otro mundo, siempre mezclando recuerdos, pero igualmente...¡¡¡ espero que os guste!!!

Se titula "Una visión pequeñaja". 


Aunque ellos ya tenían el despertador interiorizado, que les hacía levantarse cada día a las 7am, incluso en vacaciones, para los pequeñajos aún les era un esfuerzo enorme despegarse de las sábanas.
- Venga, despertad que nos vamos al zoo.
En oír esas palabras, se les escapó la pereza y se levantaron de golpe. Empezaron a imaginar todo tipo de animales que querían ver. Eso y a rugir como locos.
Salieron del hotel y cruzaron la inmensa calle para entrar en la boca del metro de M.Cristina. Cada uno con una de las criaturas de la mano. El fuerte viento que salía de ahí hizo levantar la faldilla de la pequeña, con lo que cambió sus rugidos por un chillido de susto. Su hermano girándose para mirarla, tropezó con su propio pie y pisó a un señor que quería, a toda prisa, salir al exterior. Había gente por todos lados.
- No os separéis y no os soltéis de la mano, hay que ponerse a la derecha - indicó la mamá.
- Vale - pensó la chiquilla, esquivando a todos los que no la veían - mm... por el lado de la mano con la que escribo.
Pasaron por los controles. Entraron los cuatro bien apretados, pasando el ticket un par de veces. Y unos pasos más tarde, se pusieron detrás de una pequeña cola de gente. ¡Qué cara de asombro pusieron los dos cuando llegaron al final! Una sonrisa de lado a lado. Sabían que ahí lo iban a encontrar, pero no sabían cuándo. Donde vivían, no había escaleras automáticas.
- ¡Yo sola, yo sola!... Una, dos y ¡tres! - y de un saltito se subieron a la escalera.
- ¿Podemos volver a subir? - se hubiesen quedado toda la tarde ahí, subiendo las que bajan, bajando las que subían.
- Luego encontraremos más. Va, que el metro se escapa.
A toda prisa, saltaron hacia dentro, justo antes de que sonara el pitido que anuncia el cierre de puertas. La hija estaba alucinando, no sabía ni cómo habían logrado llegar. No podía dejar de mirar a toda esa cantidad de gente, apretada, pero incluso así, junto con su hermano, intentaban fijarse en todos los detalles.
-¿Qué es eso?
- Eso es por si las puertas no funcionan, poderlas abrir.
- ¿Y eso?
- Eso nos señala las paradas que hace el metro. Mira, nosotros estamos aquí, así que tenemos que ir hasta esta que pone "Passeig de Gràcia"
- ¿Y eso, para qué sirve?
- Es un cartel que dice cuántas personas caben.
- ¿Y cuántas pone? ¡Aquí al menos hay mil!
Después de una infinidad de preguntas, de unos cuantos vaivenes y de agarrarse fuerte a las sujeciones, el padre anunció que se tenían que bajar.
-¡Bien, ya hemos llegado!
Le explicaron que no era así, que aún quedaba un rato. Comenzaron a caminar por un túnel que le pareció inacabable con mucha más gente, y todas las personas iban de prisa. Al final del pasillo había varios más. La niña pensó que cómo sabrían ahora por dónde ir y que todo aquello era muy difícil.
- Por aquí - anunció el padre. Y sin dificultad llegaron al andén.
- ¡Qué listo que es papá! Me creía que nos íbamos a perder... - le dijo emocionada a su hermano, fuera del metro.
- Sí, era todo como un laberinto - le contestó sorprendido.
Se pusieron en la cola de la entrada del zoo y los dos se miraron con asombro.
- Papá, ¿aquí también hay escaleras mecánicas?