Había dejado a propósito la persiana a medio bajar para que la luz le diera directamente en los ojos. No era un buen día para dormir hasta la hora de comer, pero no quería levantarse y hacer frente a la verdadera razón por la que estaba en casa. Estiró la mano hacia el primer cajón de la mesita de noche y de ahí sacó una camiseta que se puso a modo de antifaz. Justo cuando estaba a punto de dormirse otra vez, su madre y su hermana, menos perezosas, más realistas, entraron sigilosas.
- Tu hermano nos ha pedido que te grabemos el anillo, ¿dónde lo tienes? A ver si nos da tiempo a hacerlo hoy. Tú como si no supieras nada.
Desde hacía unos días, ella había decidido heredar ese anillo. Aunque le venía enorme, no se lo había quitado en ningún momento, pero se lo dio enseguida y se decidió definitivamente a aprovechar todos los momentos que pudiese, todas las conversaciones sin sentido y las compañías silenciosas mientras él dormía.
Por la tarde, de repente, él entró en su habitación:
- ¿Y tú qué, te regalo algo y ya lo has perdido? -le preguntaba tras un rostro pálido, consumido, con una mirada un tanto perdida pero con una sonrisa enrome.
- No, me lo quité para no perderlo - le respondió ella pensando que quizás tendría que haber contestado como si no supiera de qué le hablaba. Aunque en realidad eso no tenía importancia, al menos él no pareció darse cuenta.
En seguida le dio el anillo y ella leyó para sí misma el grabado mientras él hablaba.
- Es verdad, siempre lo he estado.
Ella solo podía pensar que, dentro de ese mundo surrealista, confuso y predecible que estaban viviendo, se podía encontrar algún recuerdo que conservar. No supo qué decirle como respuesta más que un abrazo real que, esta vez sí, sería el último.
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas
martes, 31 de enero de 2017
martes, 12 de marzo de 2013
...papelitos rosas
Comprobé que en el bolsillo tenía
los papelitos rosas que me había traído de casa y en la hora del patio me armé
de valor. Bueno, mi amiga fue la que me convenció para que lo hiciéramos y,
lógicamente, yo no iba a ser menos porque era yo quien de verdad sentía algo
por ese compañero.
Y es que, a quién no le podía gustar un niño rubito con ojos
azules, sonriente… aunque creo que lo que realmente me interesó de él, durante
toda la escolaridad, fue su posible lado salvaje oculto bajo el arañazo que su
gato le había dejado impreso en su mejilla.
Pues bien, cogimos un
par de lápices, rellenamos una a una las veinte o treinta tarjetas con pequeños
corazones y nuestras iniciales y, cuando creímos que no nos miraba nadie, las
lanzamos dentro de su mochila. Las dos nos reímos un buen rato. Bueno, mentira,
yo menos, que en el fondo estaba nerviosa por saber la respuesta, aunque no la
que obtuve al día siguiente:
—¡Que sepas que he tirado todos los papeles a la basura! —gritó
para que todos los demás lo escucharan.
—Pues me da igual, era de broma —dije en seguida para
intentar defenderme.
Más
tarde, mientras jugábamos al escondite, él se puso detrás de la misma columna que
yo, chocando contra mí, y, antes de que le devolviera el empujón, me dio un fugaz
besito en la mejilla, se fue y, al irse sin mirar, le cogió el que pagaba.
—Ha
tirado tus papeles y encima quería quitarte el sitio. Es un poco tonto,
¿quieres que le diga algo? Porque como no ha tirado mis papeles igual a mí me
hace caso —me dijo mi amiga en tono triunfante.
—No hace falta, ya le he dado un
empujón para que lo pillaran —dije sin quitarle la ilusión pero dándole a
entender que no hacía falta que nadie me defendiera. A ver, que la que en
realidad se había llevado el premio era yo, aunque fuera con su ayuda.
Es posible que me inventara una
realidad que no había pasado o que pasara en realidad, pero me lo guardé
siempre como mi primera conquista. Eso sí, él nunca lo afirmará y yo negaré
haberlo contado.
viernes, 1 de marzo de 2013
..clic, clic, clic
Clic, clic, clic. De la calculadora están a punto de saltar los
números. Apenas queda ya rodillo en el
que escribir cuentas, pero aún no ha acabado. Se acerca la hora de cerrar el
asunto, de dejarlo hasta mañana y quiere darse prisa. Una pequeñaja le mira
sentada desde el otro lado del escritorio, sonriéndole, aguardando por lo que
tiene que suceder esta tarde de verano. Para que la espera sea menos espera, él
le ofrece un entretenimiento. Clic, clic, clic. Ella le imita en su trabajo.
Por fin, tres cuartos de hora más tarde
puede cerrar la última carpeta. Le da la mano a la niña y se van los dos
cogidos a la calle. Allí, ella se lanza hacia la bicicleta que hoy ya sólo
tiene dos ruedas.
—No me sueltes, ¿eh? —y comienza a pedalear mientras él agarra la bicicleta
por detrás.
—No te suelto —le contesta.
Ella, que oye desde lo lejos su
respuesta, se para en seco, dándose cuenta de que, si ya no está agarrándole,
se va a caer.
—¡Me has mentido! —dice con pequeño enfado, sin pensar lo que acaba de
suceder, y él sonríe porque su promesa se ha cumplido.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)