lunes, 14 de noviembre de 2011

...motivación interior

Este es un fragmento mejorado de algo que escribí hace nada menos que siete años!! Cómo pasa el tiempo...

         "Por fin, después de sesenta minutos dando vueltas por la habitación, pensado si bajar o no, de mirarse al espejo e intentar darse fuerzas para hacerlo, decidió con un impulso repentino colocarse bien el flequillo, arreglarse la línea negra en el párpado y salir de la maldita habitación que tantas tardes le tenía encerrada.
Una vez fuera respiró hondo un par de veces y giró hacia su derecha. Dejó atrás su habitación y otras tres más, entrando en la siguiente. Su amiga, que había vuelto a casa el fin semana, le había dejado las llaves para que pudiese coger lo que necesitara de la pequeña nevera que compartían. Y en ese momento, bien necesitaba lo que había allí dentro. Abrió el frigorífico, destapó la botella, bebió directamente un par de tragos y llenó un vaso para el camino. Después de un suspiro y otro trago creyó tener más fuerzas.
Dejó la habitación y giró su cuerpo a la izquierda. Cuando pasó otra vez por enfrente de sus aposentos, sintió un fuerte impulso a entrar, pero pudo redirigir sus intenciones y caminó hacia las escaleras no principales.
Bajó cuatro pisos, vaciando el vaso en cada uno de ellos y sobresaltándose cada vez que se encontraba a compañeros que circulaban por su mismo camino. Con grandes esfuerzos consiguió llegar donde las escaleras morían. Saludó a las máquinas de refrescos y comida, que poco habían ganado con sus aportaciones durante los tres años que llevaba viviendo allí, y paró en los lavabos para comprobar si todo iba bien en su rostro.
Llegó al salón, donde la gente seguía brindando por el fin de los exámenes, donde todos estaban en grupos indefinidos hablando y riendo, pero allí no estaba la persona que estaba buscando, así que solo le queda mirar en un lugar, el bar. Se llevó el vaso a la boca, con la sorpresa de que ya no le quedaba nada, y se adentró en él, directa a la barra para pedir más combustible, mirando fugazmente a través de las caras, buscando a una en particular. Pero no esta vez tampoco encontró nada.
Pensó que su búsqueda había sido muy rápida y aprovechó el poco rato que tardaron en atenderle y servirle para intentar relajarse un poco, saludar a algunas personas, quienes se sorprendieron en verla allí, y siguió buscando a su deseada victoria para ese día. Él tenía que estar en algún lado, ese fin de semana no se había marchado. Llevaban ya un tiempo tonteando y hoy aún no se habían visto. Nada, por ahí parecía no aparecer.
Absorbió su copa, y pidió otra más para el camino de vuelta al cuarto piso. Salió del bar, estudió a la gente de la sala y se marchó parando en los lavabos para que nadie viera que de sus ojos había un par de gotas de agua salada que pretendían escapar. Escondida, esas gotas salieron al exterior sin censura, dibujando una estela en su rostro, estropeando el maquillaje que tanto había estado preparado.
Era una tontería sentirse así, y ella lo sabía a la perfección. Más que defraudada se sentía tonta, estúpida por haber hecho todo el ritual anterior, por haber necesitado valor exterior. Simplemente, pensó, lo que debía hacer era lo que deseaba en cada momento. Porque él no estuviera allí, no se tenía que dar por vencida, eso no era lo que quería.
Interrumpió la sesión melodramática, hizo desaparecer el recorrido de las aguas, se miró en el espejo para, por segunda vez, comprobar su expresión y forzó una sonrisa para mejorarla. Más animada, y con el objetivo bien fijado, puso rumbo a su habitación, la de él.
         En el descansillo del segundo piso, topó de frente con una camisa granate y unos pantalones tejanos que bajaban a gran velocidad de algún piso superior. ¡Te encontré!, pensó ella. Te encontré, quiso decir él, pero sus labios estaban sellados, solo se movían al ritmo que marcaba su sello, los labios de ella.