martes, 22 de marzo de 2011

...TMB

Hoy he participado en un concurso de relatos. He esperado 365 días para poderlo enviar, ya que el año pasado se me pasó el plazo. 
Si queréis leerlo (porfi), sólo tenéis que seguir leyendo y disfrutar!


Espero vuestros comentarios!


Ocho paradas

Mientras esperaba sola, mientras el viento, producido por el tercer metro que dejaba pasar, me hacía bailar los mechones fugitivos de mi simple peinado, recordé lo necesario que había sido para mí recorrer cada mañana la misma línea y el dolor que ahora me suponía.
Por qué los recuerdos me avasallaban otra vez… no lo sé. Creía que mi corazón estaba cicatrizando. Quizás anhelaba estar enamorada o simplemente porque el cielo estaba triste y yo no podía permitir que mi gran aliado en esas noches de soledad  ahora llorase solo, porque cuando más lo hube necesitado, estuvo a mi lado.
Escribiré, pensé. Escribiré mientras vuelvo a recorrer esas ocho paradas, después de un verano intentando olvidar. Escribiré lo sucedido, probablemente mi tristeza sea menos tristeza si la comparto.
Cada día intentaba retrasar el momento de apagar la alarma de mi despertador, pero en mi interior había algo que me lo impedía, ¡debía llegar a tiempo! Me levantaba. Me metía en la ducha y, en diez minutos, lista. Calentaba algo de leche, un desayuno rápido. Me secaba el pelo y salía por la puerta. Hora: 8.31am. A veces, con las prisas, se me olvidaba algo importante y tenía que volver a entrar. Cuando sucedía eso, salía un poco más rápido de lo normal, para poder recuperar esos minutos perdidos. Ticaba en el metro e iba hacia mi línea. Si llegaba a la vez que el metro, era buena señal. Me subía y, siempre en el último vagón, esperaba nerviosa. Solo dos paradas y siempre entraba él.
Dos trimestres de miradas cruzadas, sin palabras, sin saber a dónde iba después de bajar en la misma parada y acompañarme, por simple casualidad, a mi trabajo. Él se alejaba y yo no tenía manera de saber hacia dónde.  Después de Semana Santa, en el intercambiador de La Pau, me encontré a un amigo mío y resultó que se conocían también. Por fin, surgieron las primeras palabras. A partir de entonces no solo nos vimos por las mañanas.
Dos meses geniales: risas, preguntas, charlas hasta las tres de la mañana, vueltas en su coche, fiestas con sus amigos, con los míos, propuestas de viajar juntos… Todo era perfecto. Pensaba que un nuevo marinerito se estaba haciendo un hueco en mi pequeño buque que tantos golpes había sufrido anteriormente. Pensaba que él iba a saber navegarlo.
Aún puedo sentir el estruendo cuando chocamos. Y aún no sé contra qué, no había nada en el horizonte, solo un mar en calma. Supongo que no resultó ser tan buen marinero.
Un lunes, después de una semana sin habernos podido ver, cuando él subió en el Clot, mi sonrisa y mis ganas de verlo desaparecieron tras sus palabras. Me dijo que ya no sentía nada por mí. Ocho paradas escuchando pensamientos inconexos que surgían de su boca, intentando aguantar las lágrimas que se asomaban por mis ojos, sin poder salir de ahí porque no podía llegar tarde al trabajo. Mi barco se hundía, no estaba resistiendo el último golpe, pero por suerte estaba bien equipado y encontré la solución para no ahogarme.
Y ahí estaba yo, habiendo dejado pasar tres metros antes de decidirme a coger las suficientes fuerzas para sobrellevar el volver a recordar, pensando que así no coincidiría con él. Pero solo dos paradas y mi mano dejó de escribir. Solo dos paradas, y él volvió a entrar.